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ANÁLISIS

Los albaceas May y Trump

Ambos líderes parecen ejecutar la última voluntad de un mundo que se va, inexorablemente transformado por el empuje de tecnología, ciudades y jóvenes

 La primera ministra del Reino Unido, Theresa May, en el número 10 de Downing Street, Londres. Ampliar foto
La primera ministra del Reino Unido, Theresa May, en el número 10 de Downing Street, Londres. EFE

El gran pulso del Brexit empieza por fin, y lo hace precisamente después de que las legislativas británicas asestaran un nuevo contragolpe a las fuerzas nacionalistas de Occidente. Tras haber contenido a Norbert Hofer en Austria, Geert Wilders en Holanda y Marine Le Pen en Francia, los defensores de las sociedades abiertas recibieron nuevo oxigeno con el voto británico. Los tories y su proyecto de Brexit duro quedan debilitados; el UKIP desapareció del mapa. Como en las elecciones francesas y estadounidenses, en las británicas también se divisa un vigoroso choque de ideas entre ciudades y periferias, y otro parecido entre jóvenes y mayores. Los primeros favorecen sociedades abiertas, los segundos, el repliegue.

A medida en que este escenario se aclara y consolida, figuras como Donald Trump y Theresa May cobran cada vez más el semblante de albaceas políticos de un mundo que se muere; de un tiempo que no volverá. Ejecutan la voluntad política de un cuerpo en lenta, pero inexorable descomposición.

El anhelo de recuperar soberanía que estos dirigentes abanderan va indisolublemente ligado a la nostalgia de otro tiempo. Pero ese mundo no volverá. Los vertiginosos avances de la tecnología y el dinamismo socioeconómico de las ciudades son fuerzas motrices que empujan incansablemente hacia adelante. Por mucho que se entone el America First, los empleos que se fueron no regresarán. En parte, porque ya no existen, fagocitados por avances tecnológicos que los hicieron obsoletos. Tampoco regresarán las tiendas de ultramarinos viejo-estilo en la esquina del barrio.

La pugna actual es solo la enésima reencarnación de un pulso viejo de siglos. En la Florencia del siglo XIII, Dante defendía ardientemente la conservación del viejo espíritu de la ciudad. Calificaba como “la parte salvaje” las nuevas fuerzas que entraban en la urbe. Pronto, él y los suyos resultarían vapuleados por esas fuerzas renovadoras que, por cierto, después hicieron grandísima a la ciudad. Posteriormente, florecieron ahí los bancos y una primavera cultural que destaca entre las cumbres de la humanidad. Incluso un hombre de la inteligencia y cultura de Dante quedó entrampado en el espejismo de la defensa de un pasado que se desvanecía. Florencia, prototipo del rumbo que tomarían las ciudades tras la Edad Media, empujaba hacia otro lugar. Con altibajos, con conflictos, el avance de Florencia prosiguió y con ella el de las demás urbes que han definido los paradigmas del tiempo moderno.

Quizá no sea casual que Estados Unidos y Reino Unido afronten el mismo trance tras un recorrido histórico especular: democracias veteranas y honorables; ausencia de invasiones extranjeras; revoluciones hiperliberales. Elementos que pueden haber generado, a la vez, fuertes sentimientos de seguridad en sí mismos y gran rechazo a los elementos más dolorosos de su capitalismo, bien diferente, por ejemplo, del capitalismo renano.

Pero sea cuales sean las causas y las razones de las insurrecciones que Trump y May abanderan, su fuerza motriz parece, vistos en perspectiva histórica, declinante y minoritaria. Jóvenes y urbes se oponen. Hoy, las ciudades americanas se rebelan abiertamente contra las políticas migratorias y climáticas de Trump; las británicas, como se notó en las legislativas, rechazan el Brexit que abandera May (por mucho que se le disfrace con retórica librecambista, el Brexit es un voto nacionalista y antiinmigración).

Ambos líderes ejecutan las voluntades de un mundo que inexorablemente se va. De la sociedad herida de los Apalaches; de la Inglaterra profunda. Ello no significa que ese mundo no siga reteniendo una capacidad de influencia política. Entre otras cosas porque, si bien las fuerzas que empujan hacia la globalización son imparables, la rabia contra las elites que la gobiernan con grandes fallos e injusticias puede mantener viva una pertinaz resistencia. Nuevos Le Pen y Farage podrán comparecer en el horizonte con nuevos estandartes. Pero la suya es una batalla inútil: el reto es acompañar a la población más frágil y menos formada hacia un lugar digno en el nuevo mundo, no resucitar el viejo.

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